Nos matan…

Hoy voy a ser un poco impopular, quiero reflexionar un poco sobre la gran manifestación del pasado sábado 5 de noviembre en Tarragona. Me gustaría no ser sometida a la muleta-chantaje de que nos matan para hacerme sentir culpable o para disuadirme de hablar. Estamos acostumbradas a afrontar y a plantear debates dolorosos y arriesgados o sea que pienso que esto también es necesario. 

Para empezar, y para clarificar las cosas, a mí las grandes manifestaciones me parecen bien, tan bien como cualquier otra herramienta de visibilización o lucha. Quizás puedo considerar que yo personalmente pondría energía en otro tipo de tarea (tarea que muchas mujeres que estaban en la manifestación ya hacen), pero más allá de eso, nada más que decir.

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Des de mi punto de vista el asunto es otro: con quien se hace esta manifestación. A mí me resulta complicado organizar o ir de la mano o considerar hermana de lucha a otras mujeres o grupos de mujeres que no tienen un discurso de clase obrera ni prácticas antiautoritarias. No creo sinceramente que todas seamos iguales, ni que realmente seamos hermanas de lucha. Ni mucho menos sufrimos lo mismo. No es que no sea capaz de ver cómo funciona el patriarcado y no es que quiera que le pase algo a alguien, la cosa es más sencilla: el apoyo y la solidaridad no se crean de la nada, por lo tanto si no importa que a las obreras nos matan (más o menos lentamente) por ser obreras, yo no creo alianzas.

Me parece bastante ahistórico y peligroso diluir la cuestión de la clase hasta dejarla casi invisible ya que bajo una capa de presunta transversalidad del movimiento feminista se esconde la instrumentalización política y electoralista de la cuestión (desde hacerse la foto hasta el querer ser la vanguardia); la progresiva rebaja del discurso y también de la peligrosidad de la idea; el fomentar la dependencia de las mujeres a otras estructuras (puramente heteropatriarcales) como los estados, las administraciones, el sistema judicial, la policía, etc; el reforzar a las que ejercen de explotadoras, o de esquirolas y traidoras; y por supuesto un abandono de la radicalidad. Esta deriva ya parte de finales de la conocida como Segunda Guerra Mundial. La señora Eleanor Roosevelt ya expresó en su discurso en las Naciones Unidas que las mujeres teníamos que ser las garantes de la paz mundial y social vaciando así de contenido de clase la celebración del 8M. A partir de ese momento ha ido cuajando, al menos en el mundo blanco occidental, la idea de la transversalidad y le seguimos dando vueltas aun a los trocitos y las migas del pastel que queda en vez de seguir picando piedra y cambiar la receta.

El movimiento feminista en plural no ha sido históricamente transversal, y era así para delimitar de manera muy acertada el lugar de cada una en este mundo. Las sufragistas existían pidiendo derechos para las mujeres dentro del mismo sistema, pidiendo el voto y derechos legales, pero siempre dentro de este marco, apostando por pactos de país, campañas políticas y electorales que tenían que garantizar no sé qué cambios…No es una filosofía muy distinta a la de muchas demandas actuales. Pero aparte de sufragistas y legalistas que eran burguesas (por no hablar del caso catalán que eran católicas, burguesas y racistas que se autodenominaban feministas) existían las mujeres obreras organizadas y éstas no tenían buenas relaciones con las burguesas. En muchos lugares ni se saludaban. En otros se relacionaban poco y mal, ya que si unas veían el voto como objetivo, las otras lo consideraban una posible herramienta más, pero no perdían la perspectiva de clase obrera y la importancia de la organización de las mujeres trabajadoras. Las otras, las anarquistas, directamente iban a lo suyo. Esto significa que el movimiento feminista será lo que las mujeres quieran que sea y que por supuesto éste no es de manera innata, ni interclasista ni transversal ni vacío de contenido de clase. Tenemos ejemplos a puñados de obreras hartas de oradoras, de trabajadoras de casa sindicadas luchando al lado de las proletarias…y de burguesas intentando aliarse con obreras con el discurso de que todas somos iguales. No digo nada nuevo y eso es lo que duele, que no es nuevo.

Y yo que debo ser de las antiguas aburridas que tienen a flor de piel eso de la lucha de clases porque me la como cada día con patatas, no tengo ganas de dejarme arrastrar por las “necesidades” momentáneas y de última hora de partidos que quieren ser la vanguardia feminista para tener campo/voto/sectorial/referencialidad, o de sindicatos de pacotilla a quienes les importa un bledo que nos quieran domesticar y matar a las mujeres y a la clase trabajadora, ni pienso que sea adecuado gastar energía en conformar un movimiento feminista que venga a ser una especie de frente nacional que muchas veces fomenta la idea absurda de que “allí son más nosequé” como si aquí no lo fueran, ni un largo etc. No creo que sea correcta la idea que necesitamos todo esto y que tenemos que ligarnos a esto para al final ser absorbidas. No creo que sea inevitable. I no creo que sea una manera inclusiva de hacer las cosas, de hecho es profundamente excluyente: se excluye a las obreras.

No creo que haya más opción que la acción directa y la autogestión, y estas ideas no nacen del discurso burgués, ni del vaciado del discurso de clase, ni de la dependencia del sistema. Y eso del apoyo y la sororidad…hilemos fino y no abaratemos la idea, eso se da en relaciones entre iguales.

Mireia Redondo Prat

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